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Hoy es siempre todavía

París - Día 2

París - Día 2

El segundo día en París comenzó pronto. Había que estar en el punto de salida de la excursión que teníamos planeada (Versalles apartamentos + Montmartre y el Louvre) sobre las nueve de la mañana y desayunar antes en el hotel, más el paseo hasta la Plaza de las Pirámides.

El viaje a la siempre sorprendente Versalles nos permitió atravesar por primera vez la Avenida de los Campos Elíseos, de lo poquito que nos faltó nuestra primera noche. Tras visitar por libre una pequeñísima porción de las más de 100 hectáreas que ocupan los esplendorosos jardines, aunque por la premura de tiempo no pudimos ni llegar a la gran Fuente de Apolo, realizamos una visita guiada de los grandes aposentos de los Reyes, de la que destaca una de las joyas del palacio, la Galería de los Espejos, con sus diecisiete ventanales que miran al parque y sus otros tantos espejos en el muro opuesto, con un efecto luminoso increíble. Sin olvidarnos de la bóveda, con pinturas que ilustran las grandes victorias francesas. Todo refleja la voluntad de Luis XIV, el rey Sol.

De vuelta a la ciudad, poco tiempo para comer, ya que a las dos de la tarde salíamos en autobús rumbo a Montmartre. Y aquí nos cayó el primer diluvio, que deslució toda la visita a este pintoresco barrio. Tras tomar el funicular, visita a pie pasada por agua por Montmartre y la Plaza du Tertre. Tuvimos que refugiarnos en uno de sus cafés para no coger una pulmonía, a consecuencia del inmenso chaparrón. Antes de bajar la colina, visita a la Basílica del Sacré Coeur.

Y de ahí al Louvre, al que accedimos por el aparcamiento subterráneo, lo que te obliga a empezar la visita por el final de "El código Da Vinci", por La Pyramide Inversée, [(...) las dos pírámides se apuntaban la una a la otra, y sus puntas casi se tocaban. "El cáliz encima. La espada debajo" (...)]. De ahí, atravesando galerías, tiendas y otras dependencias, llegamos al Hall Napoleón, inicio de los recorridos por las alas Sully, Denon y Richelieu.

Por la primera de ellas iniciamos la visita guiada, que tenía por objeto poco más del llamado por Robert Langdon "el Louvre Light", un itinerario reducido para ver sus tres obras más famosas: La Mona Lisa, la Venus de Milo y la Victoria Alada de Samotracia. Atravesamos el Louvre medieval y de ahí, atravesando las antigüedades egipcias llegamos a las griegas, deteniéndonos en una de las grandes joyas del arte helenístico, la Venus de Milo. Y de ahí, a la famosa escalera con la Victoria de Samotracia sobre la proa de la nave que ella llevara al éxito. Impresionantes ambas.

Tras contemplar la Galería de Apolo, sin las joyas de la corona, pasamos a la Salle des États, en la que se expone el cuadro más famoso del mundo, la Mona Lisa de Leonardo, tras su panel protector de plexiglas, a la que es difícil acercarse por el gentío que allí se congrega. Tras contemplarla detenidamente, pasamos a la galería de pintura francesa (grandes formatos) con las grandes obras de Jacques Louis David (Coronación de Napoleón I), Géricault (La Balsa de la Medusa) y Delacroix (Muerte de Sardanápalo, La Libertad guiando al Pueblo).

Aquí finalizaba la visita guiada. Teníamos casi cuatro horas más para continuar la visita. No estaba mal, teniendo en cuenta que se estima que un visitante tendría que dedicar cinco semanas para ver las sesenta y cinco mil trescientas piezas expuestas en el museo. Volvimos sobre nuestros pasos para volver a la galería de pintura italiana, donde contemplamos La Virgen de las Rocas (seguíamos el rastro de los protagonistas de la novela).

Tras visitar la sala donde se exponen las pinturas españolas, nos propusimos contemplar las obras de Jan Vermeer. Para ello, había que abandonar el ala Denon y adentrarse en el Pabellón Richelieu. Impresionante el Patio de los Caballos marmóreos de Coustou. También la Sala Rubens. Cansados ya, llegamos a la sala donde se expone La costurera de encajes y El Astrónomo.

Aunque eran poco más de las ocho de la tarde, decidimos abandonar el museo. El descanso era más que merecido. Cenamos en las inmediaciones del hotel y nos preparamos para otra dura jornada.

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1 comentario

Valentín -

Hay que reconocer que después del ajetreo que habéis tenido en estas vacaciones no es necesario ir al gimnasio.
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